La madrugada del domingo 26 de octubre de 2025 quedó marcada como una de las más dolorosas de la historia vial reciente de Misiones.
Cerca de las 4.30, un colectivo de dos pisos de la empresa Sol del Norte chocó contra un Ford Focus sobre la ruta nacional 14, a la altura del kilómetro 892, en la zona del arroyo Yazá, entre Campo Viera y Oberá.
El impacto provocó que el colectivo rompiera el guardarraíl del puente y cayera al cauce del arroyo.
El automóvil quedó sobre la banquina.
En cuestión de segundos, un viaje habitual se convirtió en una escena de desesperación, con pasajeros atrapados, pedidos de auxilio y un amplio operativo de rescate.
El saldo fue devastador: nueve personas fallecidas y 29 heridas, de entre 5 y 67 años.
Entre las víctimas había jóvenes estudiantes universitarios que volvían a sus localidades para participar de las elecciones nacionales que se celebraban ese mismo domingo.
La tragedia no solo conmocionó a Campo Viera y Oberá.
También golpeó a Eldorado, Montecarlo, El Alcázar, Wanda y otras localidades de la provincia, de donde eran las personas que viajaban en el colectivo.
El choque que cambió aquella madrugada El colectivo había partido desde Oberá y se dirigía hacia Puerto Iguazú, con un recorrido que incluía localidades de la zona centro y norte de Misiones.
Transportaba a decenas de pasajeros que regresaban a sus hogares después de sus actividades y estudios.
Al llegar al tramo de la ruta nacional 14 donde se encuentra el puente sobre el arroyo Yazá, el ómnibus se encontró con un Ford Focus que circulaba en sentido contrario.
De acuerdo con la reconstrucción difundida por medios provinciales, el automóvil se cruzó de carril e impactó de frente contra el transporte de pasajeros.
La colisión hizo que el colectivo perdiera su trayectoria, golpeara el guardarraíl y cayera desde el puente hasta el cauce del arroyo.
La caída dejó a pasajeros atrapados entre los hierros y obligó a desplegar un operativo de gran magnitud.
En las primeras horas, la presencia de niebla fue mencionada entre las condiciones que podían haber influido en la circulación.
Sin embargo, las pericias también se concentraron en reconstruir la mecánica del choque y determinar las circunstancias en las que se produjo.
Nueve víctimas, nueve historias interrumpidas Con el avance de las tareas de rescate y la identificación de las personas fallecidas, se conocieron los nombres de las nueve víctimas.
Ocho viajaban en el colectivo y una era el conductor del automóvil.
Las víctimas fatales fueron: Gabriela Paola García, de 26 años, de Oberá.
Magalí Lilén Belén Amarilla, de 22 años, de Campo Ramón.
Katia Bupvilofsky, de 24 años, de Eldorado con domicilio en Oberá.
Rafael Jordan Gonzalo Ortiz, de 34 años, de Oberá, conductor del Ford Focus.
Ángelo Tadeo Alpuy, de 19 años, de Eldorado.
Elian Natanael Alvez, de 25 años, de El Alcázar.
Jonás Luis Dávalos, de 20 años, de Eldorado.
Enzo León, de 19 años, de Eldorado.
Brian Hobos, de 19 años, de Wanda.
La muerte de varios estudiantes de la Universidad Nacional de Misiones (UNaM) profundizó el impacto en la comunidad educativa.
Jóvenes que cursaban carreras universitarias, construían proyectos personales y regresaban a sus hogares quedaron entre las víctimas del siniestro.
Para las familias, la identificación significó el comienzo de un duelo atravesado por la abrupta pérdida de hijos, hermanos y seres queridos.
En distintas localidades, la noticia provocó conmoción y acompañamiento comunitario.
El operativo de rescate y la atención a los heridos Desde la madrugada, efectivos de la Policía de Misiones, bomberos policiales y voluntarios, personal de Seguridad Vial y equipos de Salud Pública trabajaron en el lugar.
Las tareas incluyeron la evacuación de pasajeros, el rescate de personas atrapadas dentro del colectivo, la asistencia médica y el traslado de los heridos a centros de salud de Campo Viera y Oberá.
Algunos pacientes fueron derivados posteriormente al Hospital Madariaga, en Posadas.
La complejidad del escenario, con el ómnibus en el cauce del arroyo y pasajeros distribuidos en sus dos niveles, exigió un despliegue sostenido durante las primeras horas.
El número de heridos se consolidó en 29.
Las lesiones fueron de distinta consideración y, para algunos sobrevivientes, el camino posterior incluyó internaciones prolongadas, rehabilitación física y acompañamiento psicológico.
La alcoholemia y las pericias judiciales El lunes 27 de octubre, los resultados de los análisis toxicológicos practicados al conductor del Ford Focus aportaron un dato central para la investigación.
Según informaron fuentes policiales a medios provinciales, el examen post mortem determinó que Rafael Jordan Gonzalo Ortiz tenía 3 gramos de alcohol por litro de sangre al momento del siniestro.
La cifra superaba ampliamente el límite de 0,5 gramos por litro que regía entonces para conductores particulares.
En contraste, los análisis realizados al conductor del colectivo, Nicolás Tarnowski, y al guarda, Denis Oliveira, dieron resultado negativo para alcohol en sangre.
La investigación quedó bajo la órbita del Juzgado de Instrucción N.º 2 de Oberá, con intervención de la Policía Científica y otras áreas judiciales para la reconstrucción técnica del hecho.
También se difundió un audio atribuido al conductor del automóvil, en el que habría mencionado que circulaba a una velocidad de entre 180 y 190 kilómetros por hora.
El mensaje fue incorporado a las líneas de investigación y su contenido debía ser sometido a peritajes para establecer su autenticidad y contexto.
Estos elementos permitieron profundizar el análisis de las circunstancias del choque, aunque deben distinguirse los resultados periciales confirmados de los registros que fueron objeto de investigación.
Los sobrevivientes: salvarse y aprender a vivir con lo ocurrido La tragedia no terminó cuando concluyeron los rescates.
Para quienes sobrevivieron, comenzó otra etapa: recuperarse de las lesiones, afrontar el recuerdo del impacto y volver a realizar actividades cotidianas que, antes de aquella madrugada, formaban parte de una rutina.
Entre los testimonios que se conocieron después del siniestro estuvo el de Yasmín Fernández, una joven que viajaba en el colectivo y que logró salir del vehículo.
En medio de la emergencia, ayudó a otras personas que necesitaban asistencia.
Al recordar lo ocurrido, describió la rapidez con la que el colectivo se llenó de agua y cómo fue expulsada hacia afuera.
También relató que intentó sostener y ayudar a una persona que no podía moverse, mientras la corriente los arrastraba.
Su historia expuso una de las dimensiones más dramáticas del siniestro: la lucha por sobrevivir en medio de la oscuridad, el agua y la desesperación, mientras otros pasajeros pedían auxilio.
Otro de los sobrevivientes, Gustavo Báez, debió atravesar un proceso de rehabilitación para recuperar la movilidad de una mano.
Con el acompañamiento de profesionales y su entorno, avanzó progresivamente en la recuperación y comenzó a proyectar el regreso a sus estudios universitarios.
Los testimonios mostraron que la recuperación no fue igual para todos.
A las lesiones físicas se sumaron el miedo, la angustia y las dificultades para retomar viajes y actividades que podían reactivar los recuerdos de aquella madrugada.
El dolor también alcanzó a las familias Detrás de cada sobreviviente hubo familiares que debieron afrontar horas de incertidumbre, buscar información y trasladarse hasta los hospitales para conocer el estado de sus seres queridos.
Carolina Haiber, madre de Emilio Giménez, uno de los jóvenes que sobrevivió, contó que se enteró del siniestro a través de las redes sociales.
Al principio no lograba comunicarse con su hijo y temió lo peor.
Más tarde recibió la confirmación de que estaba internado.
La experiencia también dejó consecuencias emocionales en ella.
Durante los primeros meses, viajar en colectivo se convirtió en una fuente de temor y angustia, especialmente cuando su hijo debía trasladarse entre localidades.
Con el tiempo, el acompañamiento psicológico y el apoyo familiar fueron parte de un proceso que le permitió afrontar lo ocurrido.
Sin embargo, explicó que el recuerdo seguía siendo doloroso, sobre todo por las familias que perdieron a sus hijos.
El relato permitió comprender que las consecuencias de una tragedia vial pueden extenderse mucho más allá de las personas que viajaban en los vehículos.
Padres, madres, hermanos y amigos también deben reconstruir su vida después de un hecho que altera de manera abrupta su cotidianeidad.
Un aniversario que vuelve a poner el foco en las ausencias El 26 de octubre de 2026 se cumple un año de la tragedia del Yazá.
La fecha vuelve a reunir el recuerdo de las nueve personas fallecidas, las secuelas que enfrentan los sobrevivientes y el dolor de las familias que debieron aprender a vivir con una ausencia irreparable.
La jornada en que ocurrió el siniestro tenía un significado particular: era el día de las elecciones nacionales.
Muchos pasajeros viajaban para regresar a sus localidades y votar.
Tenían planes, obligaciones y proyectos que continuaban al margen de aquel viaje, sin saber que la madrugada terminaría cambiando sus vidas y las de sus seres queridos.
Un año después, las historias de quienes sobrevivieron permiten reconstruir algo más que la mecánica del choque.
Hablan de rehabilitación, acompañamiento, miedo, culpa, memoria y del esfuerzo cotidiano por recuperar una vida que ya no puede ser exactamente igual.
Recordar la tragedia del Yazá es volver sobre los hechos y sus consecuencias, pero también reconocer a las personas detrás de las cifras.
Nueve vidas se perdieron y 29 personas resultaron heridas.
Para quienes atravesaron aquella madrugada, el tiempo transcurrido no borra lo ocurrido: abre, en todo caso, una etapa distinta para aprender a convivir con sus marcas.
A un año de aquel domingo, la memoria de las víctimas permanece ligada a una pregunta que atraviesa cada tragedia vial: cuánto dolor podría evitarse si se asumiera, con responsabilidad, que conducir implica cuidar la propia vida y la de los demás.



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